...nos mordimos los dedos

Era la fiesta de aniversario de mis padres. Tenía un precioso vestido rojo y, bueno tenía un precioso vestido rojo. También tengo que reconocer que el vestido rojo me lo había regalado la enfermera Sabine, en un absurdo intento de poner celoso a Marc. En resumen, otra triste noche más en la vida de la Doctora Haase. Me encontraba en el jardín de mis padres, donde la gran fiesta que se estaba celebrando en la casa se convertía en un suave murmullo.
Una triste noche, sí, pero con un maravilloso cielo cubierto de estrellas, todo hay que decirlo.
Y ahí estaba yo cerca de los treinta y apreciando el paisaje que me ofrecía la noche. Mi maravilloso cielo estrellado se vio alterado con el paso de una estrella fugaz. Tonta de mí que pedí un deseo. Marc, pensé.
Cierto es que no podemos decidir que sueños se han de cumplir, pero siempre nos queda la opción de esperar porque a veces los milagros ocurren.
-¿Has pedido un deseo?- la voz de Marc me hizo bajar de mi nube.
-¿Qué haces tú aquí?
-Suelo pasearme por los jardines de los demás, planto un árbol aquí corto el césped allá.
-Y yo que creía que habías venido por mí.
-¡Qué va!, no quería perderme la fiesta.
Se hizo el silencio entre nosotros y pude observarlo bien. Iba vestido de una forma muy rara.
-¿De qué vas vestido exactamente?
-Creía que tu acompañante en la fiesta de disfraces tenía que impresionar- claroo- Kick espérame en la esquina y explora la casa, tengo la sensación de que aquí hay una doctora muy desdichada.- en ese momento se detuvo en observarme – ¿Y tú vas vestida de princesa?
-Pelota.
-Ehhh cuidado con David Hasselhoff- dijo mientras presionaba su chaqueta y esta comenzaba a brillar.- Vamos que empiece la fiesta.
Me agarro de la mano y me llevo corriendo al interior de la casa. Nada mas cruzar la puerta, la música se paró y todas las miradas se dirigieron a él. Oh, mierda, se me olvido decirle que la fiesta de disfraces, no era una fiesta de disfraces. Con muchas dudas me giré hacía él, solamente se me ocurrió decirle.
-Menos mal que te gusta ser el centro de atención.
Su cara decía muchas cosas, y ninguna buena. Me volvió a agarrar de la mano, esta vez de una forma un poco más brusca y me guió hacia el centro de las pista de baile.
Se quedó quieto durante unos segundos mirándome fijamente y muy serio. Estaba asustada, no sabía como iba a reaccionar. Y de repente se puso a bailar de una forma muy divertida y yo simplemente le seguí el juego.

Dra. Gretchen Haase & Dr. Marc Meier